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La
única referencia directa sobre el juego de azar que aparece en la Biblia se
encuentra en el relato de los evangelios, cuando los soldados romanos echaron
suertes para quedarse con las vestimentas de Jesús (Mateo 27:35; Marcos 15:24;
Lucas 23:34; Juan 19:24). Aunque en la Biblia no aparece un mandamiento directo
contra el juego, las Escrituras expresan un punto de vista negativo hacia las
actividades asociadas con el mismo. Principios éticos y morales sacados del
texto bíblico revelan que el juego contradice el designio de Dios.
Algunos
defensores del azar argumentan equivocadamente que la práctica de “echar
suertes” era una forma de juego (Números 26:52-56; 1 Samuel 14:41-42; Hechos
1:26). “Echar suertes” en ese momento discernía la voluntad de Dios. Esta
práctica, por lo tanto, no es parte de la naturaleza del juego. La relación que
caracteriza al juego es una de “ganar-perder” —alguien que gana y alguien que
pierde. El juego transfiere algo valioso de una persona a otra, basado en un
acuerdo logrado previamente, antes del resultado de un evento futuro incierto.
“Echar suertes” no transfería valor ni establecía un escenario de
“ganar-perder”. Más aún, la Biblia nunca menciona la práctica de echar suertes
después de la llegada del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.
Sólo
unos pasajes aislados se refieren indirectamente a las actividades de juego.
Tanto Isaías como Pablo relacionan el concentrarse en la buena suerte y el
juego con las religiones falsas.
Isaías
65:11-12 emite una advertencia sobre los hebreos idólatras que rechazaban la
alabanza al verdadero Dios por la alabanza a las deidades paganas “Fortuna” y
“Destino”. Fortuna se traduce del término hebreo “gad”, nombre del dios astral
de la suerte. La Septuaginta, que es la traducción griega del Antiguo
Testamento completada antes del nacimiento de Cristo, traduce “fortuna” como
“demonio”. “Destino” se traduce del término hebreo “meni”, nombre de un dios
astral que significa “distribución”.
La
versión RVA captura el significado de Isaías 65:11: “Pero vosotros, los que
abandonáis al SEÑOR, los que os olvidáis de mi monte santo, los que preparáis
mesa para la Fortuna y vertís vino mezclado para el Destino…” Isaías describe
la práctica de propiciación ante los dioses “Fortuna” y “Destino”, a quienes
ofrecían comida y bebida para obtener buena suerte. Los infieles substituían
con los dioses de la fortuna y el destino la providencia de un Dios fiel. En la
Biblia, los nombres de lugares cananitas mantienen esa conexión entre la
fortuna, la buena suerte y la religión, como por ejemplo Baal-gad (Josué
11:17).
Pablo
resaltó el engaño del juego. Él comparó los métodos de los falsos maestros a
los métodos de los jugadores usando la palabra griega “kubeia”, un término que
significa “echar los dados” (Efesios 4:14). Nuestra palabra “cubo” o “dado”
deriva de esta palabra griega. La RVA y la NVI traducen este término griego
como “artimañas”. El término ofrece la imagen del engaño de un dado cargado.
Como los jugadores, los falsos maestros operaban con la astucia y los
artificios de artimañas engañosas. Las artimañas engañosas no pueden engañar al
cristiano maduro arraigado en la verdadera doctrina. En lugar de practicar el
engaño como un jugador, el cristiano debe vivir la verdad en amor (Efesios
4:15).
Más
aún, el juego viola directamente los principios éticos de la Biblia,
demostrando que es un mal social.
El
mandato contra la codicia puede aplicarse directamente a la práctica del juego
(Éxodo 20:17). La industria del juego y el estado algunas veces, promueven la
codicia. El deseo de poseer lo que otros tienen y de poseerlo inmediatamente
funciona como uno de los motivadores claves del juego.
Dios
ama al pobre, el juego lo transforma en su víctima. El pobre gasta en el juego
un porcentaje mayor a sus ganancias personales y disponibles, con la ilusión de
escapar de la pobreza. En lugar de protegerlos, a través de distintas formas de
juego el estado explota a sus propios ciudadanos con juegos de azar que los
individuos tienen poca esperanza de ganar. El estado, creado por Dios como
instrumento del bien (Romanos 13:4), ignora la verdad y la misma protección del
consumidor que demanda en sus transacciones económicas.
El
juego viola el concepto bíblico de la mayordomía. Dios es el dueño de todo; Él
nos entrega recursos para que podamos darle la gloria que Él merece, y para
suplir nuestras necesidades humanas. Malgastar los recursos de Dios en un juego
de azar deja de lado Su autoridad y soberanía. Proverbios contiene una severa
advertencia sobre el peligro de los atajos financieros que enriquecen
rápidamente (Proverbios 28:20).
El
juego ignora la enseñanza bíblica con respecto al trabajo (Génesis 2:15;
3:17-19; Efesios 4:28; 2 Tesalonicenses 3:10). El trabajo no es parte de la
maldición por haber pecado, el propósito de Dios fue que los seres humanos
trabajaran en el Jardín del Edén aún antes de la caída. El concepto de una
ética laboral es una virtud que está desapareciendo en nuestra sociedad hoy. La
ilusión de las riquezas inmediatas promovida por el juego explica parcialmente
este declive de la actitud bíblica hacia el trabajo.
Finalmente,
el juego destruye la influencia cristiana. Pablo hace una serie de preguntas
que sirven como guía para los asuntos problemáticos (1 Corintios 10:23-33). Mis
acciones ¿Edifican? ¿Benefician a mi vecino? ¿Escandalizan al no creyente? ¿O
escandalizan a la iglesia? Una de las áreas de influencia cristiana por la que
los padres deben preocuparse es la que ejercen sobre los adolescentes, el
segmento de jugadores que más rápido está creciendo dentro de la población.
Cualquier
discípulo de Cristo que desea vivir de acuerdo a los principios éticos de la
Biblia, no debería participar del juego, por la asociación que éste tiene con
la idolatría, el engaño comúnmente asociado con esta práctica, la violación de
la mayordomía bíblica y la pérdida de influencia cristiana.
Mark
Rathel es profesor asociado de teología del Baptist College of Florida, en
Graceville.
Translated by Mirta Vazquez.