August 21, 2008 Publishing Good News since 1884 Volume 125 Number 28
 

E-Mail To A Friend
Printer-Friendly Article
Share Your Views
Subscribe To The Witness

Bases bíblicas contra el juego

 

Click on image for related coverage

La única referencia directa sobre el juego de azar que aparece en la Biblia se encuentra en el relato de los evangelios, cuando los soldados romanos echaron suertes para quedarse con las vestimentas de Jesús (Mateo 27:35; Marcos 15:24; Lucas 23:34; Juan 19:24). Aunque en la Biblia no aparece un mandamiento directo contra el juego, las Escrituras expresan un punto de vista negativo hacia las actividades asociadas con el mismo. Principios éticos y morales sacados del texto bíblico revelan que el juego contradice el designio de Dios.

Algunos defensores del azar argumentan equivocadamente que la práctica de “echar suertes” era una forma de juego (Números 26:52-56; 1 Samuel 14:41-42; Hechos 1:26). “Echar suertes” en ese momento discernía la voluntad de Dios. Esta práctica, por lo tanto, no es parte de la naturaleza del juego. La relación que caracteriza al juego es una de “ganar-perder” —alguien que gana y alguien que pierde. El juego transfiere algo valioso de una persona a otra, basado en un acuerdo logrado previamente, antes del resultado de un evento futuro incierto. “Echar suertes” no transfería valor ni establecía un escenario de “ganar-perder”. Más aún, la Biblia nunca menciona la práctica de echar suertes después de la llegada del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.

Sólo unos pasajes aislados se refieren indirectamente a las actividades de juego. Tanto Isaías como Pablo relacionan el concentrarse en la buena suerte y el juego con las religiones falsas.

Isaías 65:11-12 emite una advertencia sobre los hebreos idólatras que rechazaban la alabanza al verdadero Dios por la alabanza a las deidades paganas “Fortuna” y “Destino”. Fortuna se traduce del término hebreo “gad”, nombre del dios astral de la suerte. La Septuaginta, que es la traducción griega del Antiguo Testamento completada antes del nacimiento de Cristo, traduce “fortuna” como “demonio”. “Destino” se traduce del término hebreo “meni”, nombre de un dios astral que significa “distribución”.

La versión RVA captura el significado de Isaías 65:11: “Pero vosotros, los que abandonáis al SEÑOR, los que os olvidáis de mi monte santo, los que preparáis mesa para la Fortuna y vertís vino mezclado para el Destino…” Isaías describe la práctica de propiciación ante los dioses “Fortuna” y “Destino”, a quienes ofrecían comida y bebida para obtener buena suerte. Los infieles substituían con los dioses de la fortuna y el destino la providencia de un Dios fiel. En la Biblia, los nombres de lugares cananitas mantienen esa conexión entre la fortuna, la buena suerte y la religión, como por ejemplo Baal-gad (Josué 11:17).

Pablo resaltó el engaño del juego. Él comparó los métodos de los falsos maestros a los métodos de los jugadores usando la palabra griega “kubeia”, un término que significa “echar los dados” (Efesios 4:14). Nuestra palabra “cubo” o “dado” deriva de esta palabra griega. La RVA y la NVI traducen este término griego como “artimañas”. El término ofrece la imagen del engaño de un dado cargado. Como los jugadores, los falsos maestros operaban con la astucia y los artificios de artimañas engañosas. Las artimañas engañosas no pueden engañar al cristiano maduro arraigado en la verdadera doctrina. En lugar de practicar el engaño como un jugador, el cristiano debe vivir la verdad en amor (Efesios 4:15).

Más aún, el juego viola directamente los principios éticos de la Biblia, demostrando que es un mal social.

El mandato contra la codicia puede aplicarse directamente a la práctica del juego (Éxodo 20:17). La industria del juego y el estado algunas veces, promueven la codicia. El deseo de poseer lo que otros tienen y de poseerlo inmediatamente funciona como uno de los motivadores claves del juego.

Dios ama al pobre, el juego lo transforma en su víctima. El pobre gasta en el juego un porcentaje mayor a sus ganancias personales y disponibles, con la ilusión de escapar de la pobreza. En lugar de protegerlos, a través de distintas formas de juego el estado explota a sus propios ciudadanos con juegos de azar que los individuos tienen poca esperanza de ganar. El estado, creado por Dios como instrumento del bien (Romanos 13:4), ignora la verdad y la misma protección del consumidor que demanda en sus transacciones económicas.

El juego viola el concepto bíblico de la mayordomía. Dios es el dueño de todo; Él nos entrega recursos para que podamos darle la gloria que Él merece, y para suplir nuestras necesidades humanas. Malgastar los recursos de Dios en un juego de azar deja de lado Su autoridad y soberanía. Proverbios contiene una severa advertencia sobre el peligro de los atajos financieros que enriquecen rápidamente (Proverbios 28:20).

El juego ignora la enseñanza bíblica con respecto al trabajo (Génesis 2:15; 3:17-19; Efesios 4:28; 2 Tesalonicenses 3:10). El trabajo no es parte de la maldición por haber pecado, el propósito de Dios fue que los seres humanos trabajaran en el Jardín del Edén aún antes de la caída. El concepto de una ética laboral es una virtud que está desapareciendo en nuestra sociedad hoy. La ilusión de las riquezas inmediatas promovida por el juego explica parcialmente este declive de la actitud bíblica hacia el trabajo.

Finalmente, el juego destruye la influencia cristiana. Pablo hace una serie de preguntas que sirven como guía para los asuntos problemáticos (1 Corintios 10:23-33). Mis acciones ¿Edifican? ¿Benefician a mi vecino? ¿Escandalizan al no creyente? ¿O escandalizan a la iglesia? Una de las áreas de influencia cristiana por la que los padres deben preocuparse es la que ejercen sobre los adolescentes, el segmento de jugadores que más rápido está creciendo dentro de la población.

Cualquier discípulo de Cristo que desea vivir de acuerdo a los principios éticos de la Biblia, no debería participar del juego, por la asociación que éste tiene con la idolatría, el engaño comúnmente asociado con esta práctica, la violación de la mayordomía bíblica y la pérdida de influencia cristiana.

Mark Rathel es profesor asociado de teología del Baptist College of Florida, en Graceville.

Translated by Mirta Vazquez.